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Tal vez lo más sugestivo del último
intento fallido de limpieza del Riachuelo no haya
sido la falta de voluntad política. Esta
vez, lo que más llama la atención
es la absoluta incompetencia profesional de las
cabezas encargadas de hacer una tarea mucho más
difícil que organizar un mundial de fútbol,
según la poco feliz expresión de
la Secretaria de Ambiente.Tal vez lo más
sugestivo del último intento fallido de
limpieza del Riachuelo no haya sido la falta de
voluntad política. Estábamos acostumbrados
a eso desde septiembre de 1871, cuando la ley
de erradicación de los saladeros fue la
última acción seria de saneamiento
Esta
vez, lo que más llama la atención
es la absoluta incompetencia profesional de las
cabezas encargadas de hacer una tarea mucho más
difícil que organizar un mundial de fútbol,
según la poco feliz expresión de
la Secretaria de Ambiente. La diferencia de fondo
es que el fútbol se juega a la vista de
todos.
Aquí,
por el contrario, los que protegen a los contaminadores
se ocultan entre los pliegues del poder y el público
nunca ve a los verdaderos jugadores.
Pero
el llamado Plan lo hizo un grupo cerrado, sin
aprovechar la experiencia y conocimientos de los
profesionales de un organismo como la Secretaría
de Ambiente, que hace 35 años viene trabajando
el tema. ¿Sabían tanto que no los
necesitaban o simplemente no se dieron cuenta
de lo complejo que es el tema?
Por
lo visto, el principio constitucional de idoneidad
para quienes ocupen cargos públicos no
parece regir para los niveles políticos.
Recordemos, sin embargo, que entregar la Secretaría
de Ambiente a un equipo incompetente es, también,
una decisión de prioridades políticas:
nadie ha puesto nunca un inútil para dirigir
el Banco Central o cualquier otro organismo encargado
de manejar el dinero.
En
este contexto, discutir un Plan que nadie tiene
interés o capacidad para llevar a la práctica
es un ejercicio intelectual, pero el que esto
escribe es docente y está habituado a hacer
en el aula reflexiones que ayuden a pensar un
tema, aún sabiendo que lo que allí
se diga nunca llegará al mundo real.
- Necesitamos
estudios epidemiológicos continuados
y exhaustivos. El Riachuelo no es un tema de
recursos naturales. Es una cuestión de
salud pública. Allí hay gente
que enferma por la contaminación, y,
sin duda, hay gente que muere por culpa de ella.
El mejor indicador de la negligencia oficial
es la reiterada negativa de las autoridades
de hacerlos. Del mismo modo que una decisión
equivocada en la guerra provoca muertes inútiles,
el no detectar a los contaminados a tiempo hará
que muchos de ellos enfermen y mueran. Recordemos
que el cáncer sólo es curable
si hay una detección precoz, y que cientos
de miles de personas están sujetos a
una importante exposición a cancerígenos.
Aún más: nuestros profesionales
tienen mucha experiencia en los efectos sobre
la salud de tóxicos que actúen
en forma individual, pero esta cuenca tiene
todos los tóxicos imaginables.
Semejante
combinación de agentes peligrosos registra
pocos antecedentes en la bibliografía internacional.
Hay que computar, entonces, un tiempo de aprendizaje
de cómo actuar ente los efectos de sinergia
provocados por la acción conjunta de tantos
tóxicos, que tal vez nos cueste muchas
más muertes de las que ya ocurren y que
nadie quiere contabilizar.
- Hay
que reglamentar las leyes ambientales. Cuando
la Corte Suprema de Justicia les ordenó
a las autoridades hacer un plan para el saneamiento
del Riachuelo, lo fundamentó con una
repetición minuciosa de los artículos
de la Ley General del Ambiente. Se trató
de un fallo redactado de un modo inusual: generalmente
se cita un pedacito de una Ley, pero no la Ley
entera, artículo por artículo.
Sucede que el Poder Ejecutivo lleva varios años
de retraso en la reglamentación de esa
Ley. No hay que ser muy sutil para darse cuenta
de que la Corte le estaba recordando su obligación
de reglamentarla. Sin embargo, las únicas
personas que no se dieron cuenta de eso fueron
aquellas a las cuales la indicación iba
dirigida. Hay varias leyes ambientales de presupuestos
mínimos que aún no han sido reglamentadas
y que serían herramientas útiles
en este proceso.
Por
ejemplo, tal vez no hubiera sido necesario sancionar
una muy publicitada Ley que creara un Comité
de Cuenca en el Riachuelo. Ya hay una Ley de Aguas
que ordena lo mismo para todas las cuencas hídricas
del país. Bastaba con reglamentarla, aunque
tal vez alguien haya pedido que no lo hicieran.
Algo
semejante está pasando con la Ley que ordena
el retiro del PCB antes del año 2010 y
que debería ser una herramienta importante
para sacar de la zona al menos ese contaminante.
Al no reglamentarse, no se cumplen los plazos
de la Ley y se crea la situación para que
las empresas pidan una prórroga, siguiendo
con los tóxicos hasta más allá
del 2010.
- Cumplir
las leyes. Pareciera que, a diferencia del resto
de las normas, las leyes ambientales son de
cumplimiento optativo. Cuando la Secretaria
de Ambiente le dijo a la Corte que más
del 80 por ciento de las industrias de la cuenca
contaminan, es decir, que están fuera
de los parámetros legales, debió
haber indicado las sanciones que aplicaría.
Se supone que para eso pidió una Ley
que le diera el monopolio del poder de policía.
Pero hasta ahora ese monopolio del poder sólo
ha servido para que ningún otro lo pudiera
ejercer. La confesión: "están
violando la Ley y yo se los permito", es
otra de las facetas poco explicables de esta
situación.
- Medir
realmente la contaminación. Parece redundante,
y por eso hay que recordar que todas las fábricas
que contaminan tienen preparada una puesta en
escena: una pequeña planta de tratamiento
de efluentes que depura una porción ínfima
de los tóxicos que arroja la empresa
y que se opera sólo cuando llega la inspección.
De modo que, además de la visita a las
empresas es necesario ir con un bote a tomar
muestras del lado de afuera de los caños
de salida. La diferencia entre lo que parece
que arrojan visto desde adentro y lo que realmente
tiran puede ser abismal.
- Depurar
los líquidos cloacales. Las medidas propuestas
son una especie de entretenimiento hasta tanto
se realice la obra principal: un canal subterráneo,
que pase por debajo de la ribera sur del Riachuelo
(es decir, el partido de Avellaneda) y que saque
de la vista del público los líquidos
contaminados. Su destino será el Río
de la Plata, a través de un largo caño
llamado emisario. Los líquidos tendrán
un ligero tratamiento (pretratamiento), que
no es mucho más de un colador y una licuadora
para que no se vean los sólidos.
No
es una idea nueva. Esta obra ya fue propuesta
por Hipólito Yrigoyen en 1929 y reiterada
por María Julia Alsogaray en la década
de 1990. Su aspecto más objetable es que
no depura los líquidos cloacales sino que
cambia la contaminación de lugar. Previsiblemente,
no parece haber estudios de la capacidad de carga
del cuerpo receptor, ya muy comprometido. Ni sobre
el riesgo de que esta obra acerque aún
más los contaminantes a las tomas de agua
de servicio público.
Además,
no se presentaron estudios sobre el impacto ambiental
de la obra misma. Tengamos en cuenta que por la
pendiente requerirá instalaciones de bombeo,
que atravesará la zona del Dock Sud y que
pasará por entre innumerables vertidos
y rellenos clandestinos de residuos peligrosos.
El riesgo de que la obra ponga en biodisponibilidad
(es decir, haga circular por el ambiente) una
cantidad importante de esos residuos es alto,
y si se trabaja con el descuido que todo indica,
es casi la certeza.
- Por
supuesto, no dragar el fondo. La Secretaria
de Ambiente informó que en algunos sectores
se dragaría el fondo para retirar el
barro contaminado. Esto significa, nuevamente,
poner en biodisponibilidad una cierta proporción
de esos tóxicos, que ahora están
quietos en el fondo y que navegarían
hacia el Río de la Plata. Por otra parte,
la Secretaria no dijo que construirían
una planta de tratamiento para su destrucción.
¿Significa esto que los tirarán
al Río de la Plata? Me parece que tal
vez eso no ayude mucho en nuestra polémica
con Uruguay por el uso responsable de los recursos
hídricos compartidos.
-
¡Olvídense de las bacterias transgénicas!
La afirmación más pintoresca (y
que merecería un aplazo en cualquier
curso elemental de medio ambiente) fue la de
arrojar al curso de agua bacterias transgénicas,
comedoras de petróleo. Por supuesto que
esas bacterias se utilizan, pero sólo
en la limpieza de sitios absolutamente confinados,
como las piletas de desechos de la explotación
de hidrocarburos. Allí se reproducen
explosivamente, comiéndose el petróleo
y cuando se les termina el alimento, simplemente
se mueren de hambre. Pero liberar bacterias
genéticamente modificadas en un ecosistema
abierto es correr el riesgo de que vuelvan a
mutar y se transformen en un organismo peligroso
que carezca de enemigos naturales. Una operación
que ni el Dr. Frankestein se atrevería
a realizar.
Creo
que para ejercicio intelectual ya estamos. Nada
de esto siquiera se va a intentar realizar. El
único aporte creativo fue reemplazar una
expectativa de mil días por otra de mil
años.
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