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Por Ciro Annicchiarico -
Alguien
dijo alguna vez que EEUU es el país del
"como si". Los palacios romanos son
en realidad de cartón pintado, las "pesadas
espadas" de los gladiadores son en realidad
de madera revestida con papel aluminio, las galeras
repletas de remeros transpirados que se hunde
en el Mar Tirreno rumbo a Cerdeña, es en
realidad una maqueta de veinte centímetros
en una palangana. Todo es como si fuese algo,
pero no lo es. El american way of life, en una
medida que muchos se sorprenderían, es
también una pura fantasía que deslumbra
a los espectadores desinformados del mundo frente
a una pantalla de cine, sobre la que Hollywood
proyecta su realidad ficcional.
Si
bien hubo muchos ejemplos, el más reciente
es el de la sorpresa, en muchísimos casos
indignada consternación, que provocó
y sigue provocando la película Sicko de
Michael Moore, que muestra de un modo crudísimo
la verdadera realidad de la salud pública
en EEUU y del "privilegio" de ser estadounidense
o de vivir en ese país para los ciudadanos
comunes, en un país considerado el primero
entre los primeros. Con la justicia penal pasa
lo mismo. De la misma manera, si alguien cree,
por haber visto muchas películas, que la
justicia penal en EEUU es como ocurre en el cine
o en la televisión, asegurando a todos
los ciudadanos sospechados de algún delito
la posibilidad de un juicio justo como lo manda
la Constitución de los Estados Unidos de
Norteamérica, está por cierto muy
equivocado. Esas excelentes escenificaciones en
las que ante un acusado, generalmente vestido
de traje y muy cuidado, un jurado imparcial considera
la situación que exponen dos destacados
equipos de juristas, uno que acusa y otro que
defiende, y luego decide, y más tarde si
el sujeto fue declarado culpable un juez justo
fija la pena, o si fue declarado inocente los
defensores astutos y el fiscal probo admiten que
en realidad el asesino fue otro y lo señalan
haciendo justicia, en realidad son nada más
que un entretenimiento.
En
realidad eso no pasa casi nunca. Son nada más
que películas de Hollywood. Cuando a partir
de que el fiscal de Miami Tom Mulvinhill, con
información secreta que le proporcionó
el FBI, anunció que Antonini Wilson fue
presionado por agentes venezolanos para transportar
irregularmente dinero para la campaña de
la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner,
el diario argentino La Nación tituló
"Por fin, ahora se conocerá la verdad",
en realidad tendría que haberlo titulado
exactamente al revés: ahora, ya no se podrá
conocer la verdad. No se trata este comentario
de una nota política, sino estrictamente
jurídica.
Destacadísimos juristas y criminólogos
mundiales han estudiado la realidad de la justicia
penal estadounidense y han quedado estupefactos
frente a lo que encontraron. No hace falta ser
abogado penalista para saber, como espontáneamente
contestaría cualquier ciudadano medianamente
informado a quien se le preguntase, que para ser
declarado culpable de un delito se requiere que
haya de por medio un juicio justo, el cual consiste
en que un fiscal fundamente su acusación,
el imputado tenga derecho de declararse inocente
sin condicionamientos ni extorsiones en una investigación
que no sea fraguada, y cuente con la posibilidad
de defenderse adecuadamente. Y luego, que un tribunal
independiente sopese las pruebas de uno y de otro
y decida con la mayor objetividad. Eso es un juicio
justo. Bien, en EEUU no es así. Uno de
los más importantes criminólogos
contemporáneos, el noruego Nils Christie,
publicó en 1993 un riguroso estudio del
sistema penal de los Estados Unidos, "La
industria del control del delito - La nueva forma
del holocausto?", en el que, entre otros
datos escalofriantes, puso en evidencia que la
pregonada "colaboración del acusado"
en las investigaciones criminales, funciona en
la realidad como un medio para incrementar la
producción de presos a ingresar en un sistema
penitenciario que genera ganancias a las empresas
privadas concesionarias de ese "servicio".
Y además, son un mecanismo propicio para
operaciones políticas. Sí, es así,
aunque a usted esto lo escandalice.
El
mecanismo de la ley procesal que lo permite se
llama plea bargaining (pedido de negociación
o regateo, en castellano) y funciona de la manera
que se expone a continuación. Alguien comete
un delito o está sospechado de haberlo
cometido, por ejemplo el hurto de un objeto en
un comercio. El fiscal (prosecutor) cree que tiene
elementos para probarlo, pero el imputado afirma
su inocencia. Entonces se pone en funcionamiento
el plea bargaining. Se le hace saber al preso
que si insiste con su inocencia y da lugar al
juicio, el fiscal está seguro que podrá
probarle además del hurto también
otro u otros delitos, por ejemplo un delito de
daño al resistirse, más un robo
con armas que tenía sin esclarecer y considera
que este imputado, por su perfil, puede haber
sido el autor. Si por el contrario se declara
culpable del hurto, solo pedirá y se le
aplicará pena por ese solo delito. Por
el hurto del objeto en el comercio, siendo primario,
al imputado le corresponderían tres meses
de prisión.
Pero
si el fiscal llegase a probar o a convencer al
jurado de que fue también responsable de
un delito de daño y de un robo con armas,
la suma de las tres penas llegaría a veinte
años de prisión. Usted qué
haría en tal caso? Ante semejante disyuntiva,
el pobre detenido que está seguro de ser
inocente y quiere tener derecho a su juicio justo
para probarlo, como dice la Constitución
de los Estados Unidos, lo más probable
es que termine aceptando pasar tres meses en un
correccional y no arriesgarse a que si osa pedir
su juicio, con buenas o con malas artes el fiscal
logre convencer al jurado de que además
es autor de los otros dos graves delitos.
El
fiscal hace como si hubiera resuelto el hurto,
el preso hace como si lo hubiese cometido para
evitar veinte años de cárcel, y
el poder judicial hace como si hubiese administrado
justicia. Una película perfecta. Y todo
el sistema sirve para que siga funcionando el
servicio privado de cárceles que genera
una actividad económica anual millonaria
en insumos de control. Al igual que en el caso
de la salud pública que muestra Michael
Moore, es el sistema capitalista funcionando a
pleno. Dice Nils Christie en la obra citada: "Según
la declaración de derechos de la Constitución
de los Estados Unidos, todos los estadounidenses
acusados de haber cometido un delito tienen derecho
a ser juzgados por un jurado imparcial. En el
mundo real, casi ningún acusado hace uso
de este derecho.
Más
del 90 por ciento -en algunas jurisdicciones un
99 por ciento- se declara culpable. Si esto no
fuera así, si aunque sea un pequeño
porcentaje de ellos no se declarara culpable,
el sistema judicial entero de los Estados Unidos
se paralizaría completamente. Pero por
qué se declaran culpables? Porque no pueden
correr el riesgo de declararse inocentes. El mecanismo
que asegura esta fabulosa colaboración
del acusado se denomina plea bargaining. Cuando
el fiscal cree que puede probar que el supuesto
delincuente cometió los actos A, B, C y
D, le promete que sólo va a acusarlo de
los actos A y B si el acusado se declara culpable
de estos actos. De esta manera a los estadounidenses
no se los condena por lo que hicieron, sino por
lo que acuerdan con el fiscal que van a revelar
en el juicio
"
La
conclusión que se impone a los fines de
este artículo es la siguiente: si el sistema
de plea bargaining no es otra cosa que una negociación
sostenida en un mecanismo indudablemente extorsivo,
ya sea para evitar por un lado el colapso del
sistema judicial estadounidense, o para evitar
por parte del infeliz que cayó en la trampa
décadas de injusta prisión, qué
fe nos puede merecer lo que el fiscal Tom Mulvinhill
dijo que Antonini Wilson le dijo, o lo que dijo
que le dijeron los presos venezolanos? Qué
confianza puede merecer una declaración
basada en una negociación, o plea bargaining,
que además de útil para hacer creer
que el sistema judicial estadounidense funciona,
y para que el negocio del encierro de gente funcione,
también puede ser útil para fines
políticos?
(*)
Abogado penalista, ex concejal de Lomas de Zamora;
integrante de Conciencia Al Sur (CONSUR), Grupo
de Reflexión y Gestión.
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