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SWAZILANDIA
(LaBibliaWeb.com /SBU) - "Cuando tengo que
decidir lo que vamos a comer, es cuando entonces
echo mucho de menos a mi mamá", dice
Sizakele Nhlabatsi, de diecisiete años
de edad. "Tengo que cuidar a mis tres hermanos
y a mi hijito de cuatro años", explica
en una entrevista que le hicieran para la producción
de la versión en lengua siswati de la película
para levantar toma de conciencia de las Sociedades
Bíblicas Unidas, ¿Dónde está
el buen samaritano hoy?
La
historia de Sizakele es muy común entre
las familias africanas dirigidas por jovencitos.
Su padre murió en 2000 y la mamá
en 2004.
"Cuidé
a mi madre durante su enfermedad. Cuando murió,
mis hermanos quedaron a mi cuidado. Quedé
embarazada poco después de que ella muriera".
Es evidente que hay muy poco apoyo disponible
para los adolescentes que caen en la edad adulta
debido a la epidemia del VIH/SIDA. "Cuando
murió mi mamá, varias personas de
la iglesia nos trajeron ropa. La comunidad no
nos brindó mucha ayuda, aunque recibimos
del gobierno semillas de maíz".
Sus
preocupaciones son inmediatas. "Las escuelas
abrieron hoy nuevamente, pero no estoy segura
de que acepten a mis hermanos. No tenemos con
qué pagar las pensiones escolares, y dependíamos
de una subvención que da el gobierno a
huérfanos y niños vulnerables. Dejaron
de dar esta ayuda, por eso mis hermanos tendrán
que dejar la escuela. Yo no pude terminar la primaria
y no quiero que a ellos les pase lo mismo".
La
casa donde viven queda en un poblado montañoso
llamado Siyendle, que domina un valle de incomparable
belleza. Descansa en un camino estrecho de tierra,
y durante la estación lluviosa solamente
puede llegarse en vehículos de doble tracción.
Con el cultivo de verduras obtiene un escaso ingreso.
"Vendo
las verduras que cultivo en el jardín,
pero es muy difícil conseguir semillas
de muchas de ellas. Este año apenas puedo
vender repollos.
"Mi
vida habría sido muy diferente si no hubiera
perdido a mis padres. Habría terminado
la escuela. No hubiera quedado embarazada, porque
ellos me habrían cuidado y no me habrían
robado mi niñez".
Y
no son únicamente los jóvenes cuyas
vidas han quedado destruidas por el VIH/SIDA en
Swazilandia y en muchos otros países de
la región. Gogo Selina Ginidza tiene más
de noventa años, y es muy frágil,
y ella, también, ha quedado al cuidado
de niños porque otros miembros de la familia
murieron de VIH/SIDA.
Enterró a sus propios hijos y a sus nietos,
y ahora tiene la responsabilidad de cuidar cuatro
bisnietos.
"Pareciera
como que si el Señor se hubiera alejado
de nosotros como familia y de mí",
admite. "No podré morir en paz porque
no sé quién cuidará de los
niños cuando muera".
Al
igual que Sizakele, la señora Ginidza tiene
preocupaciones inmediatas. "Estoy preocupada
hoy porque es posible que no acepten a los niños
en la escuela porque no podemos pagar las pensiones,
y ya dejaron de dar la subvención. El mayor
ya regresó de la escuela: lo devolvieron
porque no podemos pagar. "Recibo una pensión
del gobierno, pero para mí es una lucha
ir cuesta abajo hasta el punto de recolección.
Sobrevivimos porque tenemos una pequeña
huerta que produce suficiente para vender. También
tenemos otras pequeñas faenas agrícolas
a las que van los mayorcitos".
Apoyar
a personas como las de estas dos familias se ha
convertido en la prioridad de la Sociedad Bíblica
de Swazilandia, aunque sus recursos son muy militados
frente a un reto tan enorme: de una población
de 1,4 millones, se calcula que unas doscientas
veinte mil personas viven con el VIH/SIDA.
"El
hecho de que tanta gente lucha no puede pasarse
por alto", dice la secretaria ejecutiva Sphiwe
Ngwenya. "Cómo quisiéramos
hacer más, algo tangible que marcara una
verdadera diferencia".
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