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Libro El mejor de nosotros
 
Como vos, Germán
Por Carlos AZNAREZ
Su voz sirvió -sirve- para iluminar este tiempo difícil. Junto a la de esas otras imparables antorchas libertarias que son las Madres de Plaza de Mayo, supo encontrarle sentido a la palabra dignidad que desde su propia coherencia lucía en el pecho hasta que no pudo más.
-Madrid- La primera vez que escuché hablar de Germán fue a principios de 1977. Hacía pocos días lo habían matado a Rodolfo Walsh y su carta, condenando a la Junta Militar, daba vueltas al mundo. Un compañero de La Plata (desierta y aterrorizada por culpa de la oleada represiva de aquellos tiempos) me contó, que en medio de la estampida, había un grupo de jóvenes sindicalistas peronistas que se estaban reuniendo, que discutían, que se organizaban. Lo más importante era que desde las profundidades del páramo había gente que aún se acordaba del mensaje histórico de aquella CGT de los Argentinos de los 70, y "desde la clandestinidad o las catacumbas" no cejaba de irradiar señales de vida, de esperanza, de coraje civil para hacer frente al terror. Y por que no, a la indiferencia.

Después vino el exilio (el de alguno de nosotros) y los nombres se fueron desdibujando, confundiendo. O encarnándose en nuevas caras, que en momentos parecidos pero en lugares tan diferentes, volvían a demostrar que para ser coherentes sólo hace falta la decisión de querer serlo. "Todo lo demás son historia y pocas ganas", como solía decir el propio Germán.

Pero su nombre no tardó en volver a cruzarse en mi camino (esta vez ligado al de Víctor De Gennaro). Apenas pudimos, ilusionados, volver al país en medio de la euforia de esos últimos días del '83- Extrañas jornadas en las que Raúl Alfonsín se daba el gusto de llenar la Plaza del General, y parecía que los militares iban a ir presos, los sindicalistas burocráticos perderían sus cómodos sillones; y la gente, esa heroica gente a la que tanto se engaña desde el poder, podría recuperar las esperanzas.

Germán y Víctor ya estaban en plena campaña para pegarle duro a Ricardo Horvath, uno de los tantos arrepentidos de los '70, que pronto se había olvidado de cuando ATE (aquella gloriosa ATE de Quagliaro y Mario Aguirre) levantaba multitudes contra los militares de turno, al calor de la experiencia de la CGT de Ongaro y el inolvidable Agustín Tosco.

Con las mismas banderas de siempre, en aras de aquellos programas históricos de Huerta Grande, La Falda y los Cordobazos, De Gennaro y Abdala (acompañados por aquellos viejos soldados de mil batallas, como Carlitos Custer, "El Sordo", "Pelusa" Carrica y tanta gente que puso su granito de arena desde el anonimato) lograron vencer las amenazas de las patotas y los fraudes típicos del vandalismo, recuperando para los trabajadores los viejos locales de Belgrano y Carlos Calvo.

En esos días, Germán comenzaba a dar testimonios de imprescindible. Siempre al pié del cañón, jugando desde la base y no precisamente para el afiche -como ya empezaba a usarse entre los personajes de diversa calaña que poco a poco fueron trepando la pirámide del poder- sino para demostrar a los afiliados que iban a “arriesgarse a votar los zurdos, bolches, montoneros" y otros adjetivos similares, que esta vez el cambio iba a ser en serio.

Y llegó por fin ese día que, después de reventar las urnas de votos, Víctor y Germán, Germán y Víctor -no puedo dejar de asociarlos, aunque alguna mala gente le hubiera gustado verlos separados- se dieron el gusto de saludar desde sus respectivos balcones. Los dos, ante una multitud que casi no podía creer lo que veía: los dedos en V, la marcha guerrera de Perón y Evita -no esta melodía descolorida que cada tanto corean los funcionarios encorbatados del menemismo y esa sonrisa que, en Germán, era casi un sello de origen.

Entonces llegó la hora de la verdad. Donde se prueba si todo lo que se promete en las campañas es simple guitarreo o que el parentezco con los humildes es tan real que, sólo pensar en decepcionarlos, agobia. Allí brilló como nunca Germán Abdala. Pegando el oído a los afiliados, escuchando sus quejas y no dejándose llevar por las alabanzas huecas. Militando. Como siempre.

“Es que no entiendo como estos hijos de puta que viven hablando de los laburantes después los traicionan en el primer conflicto, en la primera invitación a un almuerzo con los empresarios", me decía una tarde cuando los jerarcas de la CGT barrionuevista negociaban uno de los tantos paros que no pudieron ser. Es que Germán palpitaba a flor de piel cada una de las malas artes con que se intentaban frustrar las luchas sindicales. "Mira, hermano -me dijo una noche al pié de un mostrador, a pocos metros del local de Carlos Calvo- yo siempre he sentido esto como lo que es, un acto de perpetua entrega. Y es por eso que a 'veces tengo miedo de aflojar, de que no me den las fuerzas. Y ojo, que te lo digo sin pensar siquiera en convertirme en un traidor, en un vulgar arrepentido, sino desde el punto de vista de perder altura, de volar bajo. No sé.. No sé como se puede llegar a aguantar que los compañeros te miren de reojo,. No sé como a estos tipos -se refería a un par de delegados que habían aflojado frente a una prebenda de la patronal- no se les atraganta la comida.".

Así era el Germán que peleaba en la época de Alfonsín contra los despidos, por los aumentos, contra las agachadas de la burocracia. Junto a él, para darle ánimos a su propio coraje y la ternura necesaria que le permitiera atravesar erguido los momentos de dolor -sobre todo, los que estaban por venir- la historia popular (finalmente, la única cierta) deberá darle su lugar a Marcela. Mujer, compañera y corajuda participante de la forzada caminata de Abdala por este mundo.

Después vino otra vez la noche. El menemismo. Una oscuridad distinta a la de los años de plomo pero similar en su efecto desfoliante. Como en un patético carnaval, pero al revés, todos se sacaron la careta. "Los duros" de ayer se convinieron en dóciles corderitos gracias a un sueldo respetable. Algunos compañeros no sabían como disimular su cambio de vestimenta y confesaban, sin mirar a los ojos: "Estamos ocupando un espacio para que no se instale otro más jodido" ("que nosotros", les faltaba agregar).

En medio de ese aluvión, Germán se fue enfermando. De bronca, de pudor, de asco. Por ver como se empezaba a crucificar, nuevamente, a los de abajo en nombre de palabras tan frívolas como "achicar el Estado", "frenar la ineficiencia", o "modernización''. Pero dentro de su dolor físico y de sus días de exilio forzado en clínicas y hospitales, fueron creciendo, otra vez, sus ganas de no dejar de darles batalla.

Encarnó la vitalidad del "Grupo de los 8", derramó solidaridad a manos llenas -será difícil de olvidar su esfuerzo para con la causa del Pueblo Palestino-y al mismo tiempo estuvo atento a ajustar los pequeños errores de su propia organización gremial. Elegido diputado, no hizo la vista gorda como muchos, y mientras su cuerpo aguantó, se plantaba en la Cámara para reclamar por los verdaderos anhelos de sus representados. Y cuando ya no podía caminar, desde la tremenda inmensidad de su silla de ruedas, solía llegar hasta el Congreso para marcar a fuego la política entreguista del menemismo.

Su voz sirvió -sirve- para iluminar este tiempo difícil. Junto a la de esas otras imparables antorchas libertarias que son las Madres de Plaza de Mayo, supo encontrarle sentido a la palabra dignidad que desde su propia coherencia lucía en el pecho hasta que no pudo más.

Peronista hasta la médula, revolucionario desde la frescura que le permitía emocionarse con el aguante inacabable de la Revolución Cubana, o lagrimear de tristeza al saber que algún querido compañero, como Raúl Sendic, se moría antes de tiempo, Tan temprano, como el propio cuerpo de este Germán Abdala que hoy nos acompaña a tomar un vino. En cualquier barrio. A cualquier hora. De cualquier país, donde todavía hay cientos de miles que -a pesar de todo-no bajan la cabeza. Como vos, Germán. Como vos...

 

 
 

A manera de prólogo
POR DANIEL PARCERO

Dedicatorias

Marcela Bordenave: “compañera y corajuda participante de la forzada caminata de Abdala por este mundo”

A sus hijos: los propios y los que lo consideraron un ejemplo de padre, siendo para él, también sus hijos”

A mis hijos Carli y Ro les entrego en estas páginas
el más noble de los testimonios sobre lealtad y compromiso
que be podido compartir en la lucha social.
En estos tiempos de tanto quebracho y algarrobo trucho,
Germán sigue siendo una especie legítima que se multiplica, poco a poco, en este bosque de tempestades,
para revelarse ante las injusticias.

"No...
permanecer y transcurrir
no es perdurar, no es existir
ni honrar la vida..."

Durante los últimos cinco año -hasta el triste 13 de julio de 1993-, durante todo ese tiempo, parte de él o por períodos -según cada caso- en que nos desempeñamos laboralmente como periodistas destacados en 'gremiales´, la dinámica de nuestra actividad profesional nos llevó a reencontrarnos cotidiana o periódicamente en los lugares habituales donde se han venido desarrollando los acontecimientos en los cuales abrevamos para el cumplimiento de nuestras funciones -ya sea la sala de periodistas del edificio del viejo Ministerio de Trabajo de la calle Diagonal, la del nuevo edificio, la calle, cuando por largo período dejamos de tener sala, y siempre la calle; porque allá es donde se arma el espejo que habrá de ser la historia, con sus movilizaciones obreras, obrero-estudiantiles, obrero-profesionales, de trabajadores activos y pasivos, en conferencias de prensa, confederales, congresos cegetistas y ceteatistas, comidas of de records o de trabajo con gremialistas, y en reuniones propias entre amigos que cumplimos desde distintos medios la actividad en que se ha forjado nuestra amistad-, coincidíamos en la constante preocupación por la salud de Germán. No pudo ser "casualidad".

Es que Germán fue algo más que el sindicalista que protagonizara una importante etapa de nuestra historia reciente; algo más que una fuente de información debidamente capacitada y más allá de todo ideologismo.

“Hay tantas maneras de no ser
tanta conciencia sin saber
adormecida...

La pregunta infaltable, fuera del interés periodístico, pero mucho más allá o mucho más acá, era inevitable entre nosotros : ¿Qué sabes de Germán?. Y en cada oportunidad que uno de nosotros tuvo, durante todo aquél tiempo, de entrevistar a Víctor De Gennaro, Carlos Casinelli, y otros dirigentes de la ATE, o de encontrarse en alguna cobertura en la reunión anual de la Organización Internacional del Trabajo con el siempre cordial Carlos Custer, no faltó la inquietud al respecto a la espera de una respuesta alentadora que nos pudiera confirmar con certeza, cualquier proceso de recuperación del infatigable, hasta en la agonía, dirigente de los trabajadores estatales.

continua