| -Madrid-
La primera vez que escuché hablar de Germán
fue a principios de 1977. Hacía pocos días
lo habían matado a Rodolfo Walsh y su carta,
condenando a la Junta Militar, daba vueltas al mundo.
Un compañero de La Plata (desierta y aterrorizada
por culpa de la oleada represiva de aquellos tiempos)
me contó, que en medio de la estampida, había
un grupo de jóvenes sindicalistas peronistas
que se estaban reuniendo, que discutían,
que se organizaban. Lo más importante era
que desde las profundidades del páramo había
gente que aún se acordaba del mensaje histórico
de aquella CGT de los Argentinos de los 70, y "desde
la clandestinidad o las catacumbas" no cejaba
de irradiar señales de vida, de esperanza,
de coraje civil para hacer frente al terror. Y por
que no, a la indiferencia.
Después
vino el exilio (el de alguno de nosotros) y los
nombres se fueron desdibujando, confundiendo.
O encarnándose en nuevas caras, que en
momentos parecidos pero en lugares tan diferentes,
volvían a demostrar que para ser coherentes
sólo hace falta la decisión de querer
serlo. "Todo lo demás son historia
y pocas ganas", como solía decir el
propio Germán.
Pero
su nombre no tardó en volver a cruzarse
en mi camino (esta vez ligado al de Víctor
De Gennaro). Apenas pudimos, ilusionados, volver
al país en medio de la euforia de esos
últimos días del '83- Extrañas
jornadas en las que Raúl Alfonsín
se daba el gusto de llenar la Plaza del General,
y parecía que los militares iban a ir presos,
los sindicalistas burocráticos perderían
sus cómodos sillones; y la gente, esa heroica
gente a la que tanto se engaña desde el
poder, podría recuperar las esperanzas.
Germán
y Víctor ya estaban en plena campaña
para pegarle duro a Ricardo Horvath, uno de los
tantos arrepentidos de los '70, que pronto se
había olvidado de cuando ATE (aquella gloriosa
ATE de Quagliaro y Mario Aguirre) levantaba multitudes
contra los militares de turno, al calor de la
experiencia de la CGT de Ongaro y el inolvidable
Agustín Tosco.
Con
las mismas banderas de siempre, en aras de aquellos
programas históricos de Huerta Grande,
La Falda y los Cordobazos, De Gennaro y Abdala
(acompañados por aquellos viejos soldados
de mil batallas, como Carlitos Custer, "El
Sordo", "Pelusa" Carrica y tanta
gente que puso su granito de arena desde el anonimato)
lograron vencer las amenazas de las patotas y
los fraudes típicos del vandalismo, recuperando
para los trabajadores los viejos locales de Belgrano
y Carlos Calvo.
En
esos días, Germán comenzaba a dar
testimonios de imprescindible. Siempre al pié
del cañón, jugando desde la base
y no precisamente para el afiche -como ya empezaba
a usarse entre los personajes de diversa calaña
que poco a poco fueron trepando la pirámide
del poder- sino para demostrar a los afiliados
que iban a arriesgarse a votar los zurdos,
bolches, montoneros" y otros adjetivos similares,
que esta vez el cambio iba a ser en serio.
Y
llegó por fin ese día que, después
de reventar las urnas de votos, Víctor
y Germán, Germán y Víctor
-no puedo dejar de asociarlos, aunque alguna mala
gente le hubiera gustado verlos separados- se
dieron el gusto de saludar desde sus respectivos
balcones. Los dos, ante una multitud que casi
no podía creer lo que veía: los
dedos en V, la marcha guerrera de Perón
y Evita -no esta melodía descolorida que
cada tanto corean los funcionarios encorbatados
del menemismo y esa sonrisa que, en Germán,
era casi un sello de origen.
Entonces
llegó la hora de la verdad. Donde se prueba
si todo lo que se promete en las campañas
es simple guitarreo o que el parentezco con los
humildes es tan real que, sólo pensar en
decepcionarlos, agobia. Allí brilló
como nunca Germán Abdala. Pegando el oído
a los afiliados, escuchando sus quejas y no dejándose
llevar por las alabanzas huecas. Militando. Como
siempre.
Es
que no entiendo como estos hijos de puta que viven
hablando de los laburantes después los
traicionan en el primer conflicto, en la primera
invitación a un almuerzo con los empresarios",
me decía una tarde cuando los jerarcas
de la CGT barrionuevista negociaban uno de los
tantos paros que no pudieron ser. Es que Germán
palpitaba a flor de piel cada una de las malas
artes con que se intentaban frustrar las luchas
sindicales. "Mira, hermano -me dijo una noche
al pié de un mostrador, a pocos metros
del local de Carlos Calvo- yo siempre he sentido
esto como lo que es, un acto de perpetua entrega.
Y es por eso que a 'veces tengo miedo de aflojar,
de que no me den las fuerzas. Y ojo, que te lo
digo sin pensar siquiera en convertirme en un
traidor, en un vulgar arrepentido, sino desde
el punto de vista de perder altura, de volar bajo.
No sé.. No sé como se puede llegar
a aguantar que los compañeros te miren
de reojo,. No sé como a estos tipos -se
refería a un par de delegados que habían
aflojado frente a una prebenda de la patronal-
no se les atraganta la comida.".
Así
era el Germán que peleaba en la época
de Alfonsín contra los despidos, por los
aumentos, contra las agachadas de la burocracia.
Junto a él, para darle ánimos a
su propio coraje y la ternura necesaria que le
permitiera atravesar erguido los momentos de dolor
-sobre todo, los que estaban por venir- la historia
popular (finalmente, la única cierta) deberá
darle su lugar a Marcela. Mujer, compañera
y corajuda participante de la forzada caminata
de Abdala por este mundo.
Después
vino otra vez la noche. El menemismo. Una oscuridad
distinta a la de los años de plomo pero
similar en su efecto desfoliante. Como en un patético
carnaval, pero al revés, todos se sacaron
la careta. "Los duros" de ayer se convinieron
en dóciles corderitos gracias a un sueldo
respetable. Algunos compañeros no sabían
como disimular su cambio de vestimenta y confesaban,
sin mirar a los ojos: "Estamos ocupando un
espacio para que no se instale otro más
jodido" ("que nosotros", les faltaba
agregar).
En
medio de ese aluvión, Germán se
fue enfermando. De bronca, de pudor, de asco.
Por ver como se empezaba a crucificar, nuevamente,
a los de abajo en nombre de palabras tan frívolas
como "achicar el Estado", "frenar
la ineficiencia", o "modernización''.
Pero dentro de su dolor físico y de sus
días de exilio forzado en clínicas
y hospitales, fueron creciendo, otra vez, sus
ganas de no dejar de darles batalla.
Encarnó
la vitalidad del "Grupo de los 8", derramó
solidaridad a manos llenas -será difícil
de olvidar su esfuerzo para con la causa del Pueblo
Palestino-y al mismo tiempo estuvo atento a ajustar
los pequeños errores de su propia organización
gremial. Elegido diputado, no hizo la vista gorda
como muchos, y mientras su cuerpo aguantó,
se plantaba en la Cámara para reclamar
por los verdaderos anhelos de sus representados.
Y cuando ya no podía caminar, desde la
tremenda inmensidad de su silla de ruedas, solía
llegar hasta el Congreso para marcar a fuego la
política entreguista del menemismo.
Su
voz sirvió -sirve- para iluminar este tiempo
difícil. Junto a la de esas otras imparables
antorchas libertarias que son las Madres de Plaza
de Mayo, supo encontrarle sentido a la palabra
dignidad que desde su propia coherencia lucía
en el pecho hasta que no pudo más.
Peronista
hasta la médula, revolucionario desde la
frescura que le permitía emocionarse con
el aguante inacabable de la Revolución
Cubana, o lagrimear de tristeza al saber que algún
querido compañero, como Raúl Sendic,
se moría antes de tiempo, Tan temprano,
como el propio cuerpo de este Germán Abdala
que hoy nos acompaña a tomar un vino. En
cualquier barrio. A cualquier hora. De cualquier
país, donde todavía hay cientos
de miles que -a pesar de todo-no bajan la cabeza.
Como vos, Germán. Como vos...
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