|
Hay
que recordar que desde que la televisión
comercial inundó el mundo, y en nuestro
país fuertemente a partir de la década
de los años sesentas del siglo pasado,
el argumento fundamentador de los cortes publicitarios
fue siempre la necesidad de sostener el coste
de producción y de remuneración
del personal y de los artistas, conductores,
etc. "Gracias a la publicidad es que podemos
estar con usted..." solía ser el
latiguillo repetido hasta el hartazgo por conductores,
animadores y locutores de todo tipo.
Recuerdo
las broncas de esos cortes abruptos en medio
de las series o películas, justo en la
escena o cuando la situación se presentaba
más atrapante. -Uhhh! Gritábamos
todos. El estado, dueño de las primeras
emisoras, necesitaba producir ingresos para
solventar los importantes gastos que generaba
este nuevo recurso de comunicación, cuya
importancia como medio de difusión se
advirtió rápidamente. Las empresas
privadas de televisión mantuvieron el
mismo esquema: señales gratuitas de televisión
a cambio de aceptar la publicidad comercial
como medio de financiamiento de los costos empresarios
y de obtención de ganancias.
Cuando
hace unos veinte años, fines de los ochentas
y principios de la fatídica época
de los noventas, se empezó a difundir
masivamente el sistema de televisión
por cable, el argumento de venta, o marketting,
fue proponer que este producto ofrecía
al televidente la posibilidad de disfrutar de
una amplia variedad de canales temáticos
y de cine sin cortes publicitarios. Algo que
parecía un lujo impensable una década
antes. El nuevo servicio que llegaba ahora por
cable directo al living de cada usuario, se
solventaba no en base a los anuncios publicitarios
sino del pago del cliente. Los canales de aire
tienen la ventaja de que su recepción
es gratuita, por eso el televidente tenía
que aceptar la publicidad como medio de soporte
económico de ese servicio. La televisión
por cable vino a proponer un servicio sin cortes
para el cliente que acepte pagar un canon mensual
que sumará para el mantenimiento de ese
servicio empresario y la correspondiente ganancia
para quienes emprenden dicha actividad comercial.
Empezó
siendo así, un canon mensual relativamente
razonable a cambio de televisión y películas
sin avisos publicitarios ni irritantes cortes
comerciales mutiladores del proceso creador
del director de la obra. Pero eso duró
poco. Ni bien el servicio comenzó a masificarse
y a generar una suerte de dependencia en base
a la programación brindada, comenzaron
a aparecer, de a poco, los avisos comerciales.
Primero entre programa y programa, entre película
y película, después con interrupciones
en la programación y las películas,
y ahora ya es evidente que el formato de la
televisión por cable se aprecia casi
completamente igual al de la televisión
por aire: permanentes cortes publicitarios,
cada vez más extensas tandas comerciales,
de toda índole, entre programa y programa
o entre película y película, que
llegan hasta los quince o veinte minutos, y
también dentro de la proyección
de una película, inclusive varias veces
durante su emisión. Al encender hoy el
televisor en un canal de cable, eligiendo al
azar cualquier canal, existe una altísima
probabilidad de encontrarse con el desarrollo
de algún comercial publicitario, en una
proporción que habría que estudiar
para poner en evidencia su uso abusivo.
A
la vez, por ese insumo de tiempo cada vez mayor
los ingresos económicos de las empresas
de comunicación por cable son, en consecuencia,
también cada vez mayores. Todos sabemos
los valores siderales que tienen los segundos
y los minutos de aire que brindan estas empresas
de comunicación. Las ganancias que deben
tener por poner a disposición de otras
empresas poderosas un medio tecnológico
de difusión masivo, para hacer sus propagandas
comerciales, son inimaginables.
Pues
bien, no pretendo cuestionar aquí eso,
lo cual no quiere decir que no tenga un costado
cuestionable, pero sí plantearme un interrogante
que me ha sobrevenido: si el argumento de venta
de la televisión por cable era proponerle
al cliente hacerse cargo de los gastos mediante
un canon mensual, a cambio de no tener que padecer
la publicidad, por qué motivo han incumplido
esa cláusula contractual produciendo
cortes en la programación, obligándonos
a los que aceptamos ese contrato a ver cada
vez más comerciales, y cobrándonos
al mismo tiempo la cuota? No nos están
cobrando dos veces lo mismo? Resulta que estamos
pagando aproximadamente sesenta pesos (unos
U$S 20,00 aproximadamente) todos los meses para
que nos pasen publicidad comercial?
Si
se han modificado las pautas contractuales,
por la razón que fuere, no correspondería
que lo propongan transparentemente y busquen
el acuerdo del cliente, contar con su consentimiento
y voluntad en primer lugar? Y evaluar, en segundo
lugar, que si por alguna razón debe volver
a aceptarse la inclusión de publicidad
comercial entre la programación, a cargo
del cliente estén solamente los gastos
que sí implican un costo diferenciable
para la empresa de comunicación, que
son los relativos a la instalación (tendido
de cables, conversores, instalación interna,
etc.), y luego la recepción de las señales
sea sin cargos adicionales?
Y
si ahora apareciera un nuevo y poderoso medio
que ofreciera un nuevo servicio de señales?
Sin ningún tipo de publicidad ni corte
alguno, pero eso sí, dada la "excelencia"
de ese nuevo servicio su costo podría
llegar a ser de ciento cincuenta pesos (U$S
50,ºº). Seguramente un montón
de desprevenidos con guita iniciarían
la rueda, los cuales dentro de cinco o diez
años, más los incautos que se
irían sumando, estarían gozando
de ese servicio premium premiun seguramente
más caro y además con publicidad
y cortes...
Cuáles
son las normas que regulan el servicio de TV
por cable? Quién las controla? No estamos
siendo víctimas de una monumental estafa
más?
Ciro
Annicchiarico
|