Martes 16 de Agosto de 2005  
Edición número 25 - Año 1
   
Reflexiones Pastorales

Los dos serán una sola carne

por el Rev. Dr. Rubén O. Contreras (*)

Por eso, deja el hombre a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y se hacen una sola carne (Génesis 2.24). El matrimonio es sagrado. En el Antiguo Testamento, los profetas lo utilizan para describir la relación de Dios con su pueblo de Israel: "Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia" (Oseas 2.19). Dios revela su amor hacia todas las personas de manera especial mediante el lazo singular entre marido y mujer.

El matrimonio significa más que vivir juntos y felices. En el Nuevo Testamento, se utiliza el matrimonio como un símbolo de la unidad de Cristo con su Iglesia. En el Evangelio de San Juan, Jesús se compara a un novio, y en el Apocalipsis leemos que "han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado" (Apocalipsis 19.7-9). Fue significativo que Jesús haya convertido el agua en vino durante una boda; está claro que un matrimonio fue motivo de gran gozo para Él.

Sin embargo, es igualmente claro que, para Jesús, el matrimonio es verdaderamente sagrado. Lo toma tan en serio que habla con vehemencia indiscutible contra el paso más mínimo que conduzca a su destrucción. "Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre" (S. Mateo 19.6-9).

Esta misma vehemencia de Jesús demuestra que el adulterio es algo espantoso a los ojos de Dios. Toda la Biblia protesta en contra de este engaño de la fe, desde los libros de los Profetas, donde se le llama adulterio a la adoración de ídolos de parte de los hijos de Israel (cf. Jeremías 13.25-27), hasta el Apocalipsis, donde leemos sobre la ira de Dios en contra de la ramera. Cuando se rompe el lazo del matrimonio, el amor - la unidad de espíritu y alma entre dos seres - se quebranta y se destroza, y no sólo entre el adúltero y su cónyuge, sino entre él mismo y Dios. En nuestra cultura de hoy, la institución del matrimonio está tambaleando al borde del desastre. Mucho de lo que se llama amor es en realidad nada más que un deseo egoísta. Aun en el matrimonio, muchas parejas viven juntas de manera egoísta. Las personas se engañan al pensar que se puede encontrar una verdadera satisfacción sin sacrificio ni fidelidad, y aun si sólo viven juntos, tienen miedo de amarse incondicionalmente.

Sin embargo, entre millones de matrimonios turbulentos y arruinados, el amor de Dios permanece eterno y pide a gritos la constancia y la dedicación. Hay una voz en lo más profundo de cada uno de nosotros, aunque silenciada, que nos llama de nuevo a la fidelidad. De alguna manera, todos nosotros anhelamos estar unidos - con corazones libres y abiertos - a "alguien"; de manera íntima a algún otro ser. Y si buscamos a Dios, confiando que es posible lograr tal unión con otra persona, podemos encontrar la realización de nuestro anhelo. La verdadera realización propia se obtiene dando amor a otra persona. Sin embargo el amor no sólo intenta dar; también anhela unir. Si yo realmente amo a otra persona, me interesará saber qué hay en ella y estaré dispuesto a desprenderme de mi egoísmo. Con amor y humildad, la ayudaré a llegar a la posibilidad de un despertar completo, primero hacia Dios, y luego hacia los demás. El amor verdadero nunca es posesivo. Siempre lleva a la libertad de la fidelidad y a la pureza.

La fidelidad entre marido y mujer es un reflejo de la fidelidad eterna de Dios, porque Dios es el que cimienta todos los lazos verdaderos. En la fidelidad de Dios encontramos la fortaleza para permitir que el amor fluya a través de nuestra vida, y dejar que nuestros dones se desenvuelvan para el bien de los demás. Con el amor y la unidad de la Iglesia, es posible lograr una unidad de espíritu con cada hermano y hermana, y llegar a ser un solo corazón y una sola alma con ellos. En un matrimonio verdadero, cada cónyuge busca la satisfacción del otro. Por la complementación mutua se realza la unión entre marido y mujer. En el amor del uno hacia el otro, a través de la fidelidad del uno con el otro, y en su fecundidad, el marido y la mujer reflejan la imagen de Dios de manera misteriosa y maravillosa.

Dentro del lazo singular del matrimonio, descubrimos el significado más profundo de ser una sola carne. Obviamente, ser una sola carne significa serlo física y sexualmente, pero ¡es mucho más que eso! Es un símbolo de dos personas unidas y fusionadas en corazón, cuerpo y alma, mediante una entrega mutua y una unión perfecta.


(*) Apóstol - Médico Psiquiatra

 

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