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por el Rev.
Dr. Rubén Orlando Contreras (*)
Tengo un hermanito
tailandés llamado Wan. Cuando camino al océano los sábados y
domingos, paso por su casa. Me espera y corre a juntarse, caminando descalzo sobre
los pedazos de vidrio y las espinas hasta la orilla. Buscamos caracoles, tratando
de encontrar los más perfectos, perseguimos los cangrejos y construimos castillos
de arena. Nadamos en el agua linda del Mar Andamán y tratamos de mantenernos
con las manos unidas cuando las olas quieren separarnos. Wan tiene solo diez años.
Durante la semana, cuando regreso de enseñar en la escuela, mi hermanita birmana
me espera con un abrazo. No sé como se llama (no quiere decírmelo -
no sé por qué) pero pienso que tiene nueve años. Algunos días
quiere pintar y poner los dibujos en mi pared. Otros días quiere aprender inglés,
y una vez hizo brazaletes igualitos para nosotros dos. Y todos los días -no
importa el calor o la lluvia- quiere que la empuje en los columpios.
Sah tiene trece
años. A menudo pasa la noche en mi cuarto cuando la dejan sola en la casa.
Al lado de nosotros viven Fie, de once años, y su hermano mayor Bee. Vienen
casi todas las noches a nuestra casa, como lo hacen Bam, Boy, Boa, y unos otros. Todos
estos niños, birmanos y tailandeses, son mis hermanitos y hermanitas. Como
su hermana mayor, quiero lo mejor para ellos. Quiero que saquen buenas notas en la
escuela, que tengan familias felices que los amen. Quiero que su niñez sea
una fuerte base para su futuro. Sin embargo, Wan, mi amigo que persigue los cangrejos,
no tiene un hogar seguro. Su casa fue destrozada por el tsunami. Desde entonces una
compañía minera ha reclamado la tierra, aunque sus padres y vecinos
han comenzado el proceso de reconstrucción. Ahora hay una controversia enorme
que se ha ido hasta las cortes. Para Wan el futuro no es seguro.
Mi hermanita
de Birmania no saca buenas notas en la escuela porque no la permiten ir a la escuela.
Es la hija de uno de miles de inmigrantes birmanos que tratan de ganar en Tailandia
lo que no pueden en Birmania. En unos años probablemente se unirá con
sus padres en hacer construcción. Comenzará al amanecer y trabajará
hasta tarde por la noche, construyendo por un país que no es suyo. Sah no tiene
ninguna familia que la ama. Su madre vive en Phuket, no conoce a su padre, y el tsunami
mató a sus hermanos mayores y a su abuelo. La madre de Fie fue asesinada. Ella
y Bee viven con su padre, un pescador que raras veces está en casa. La madre
de Bam tenía quince años cuando lo tuvo. Dejó a su bebé
en manos de su abuela. ¿Y Boy? ¿Y Boa? ¿Y los demás?
Veo el dolor
de cada uno -lo que sufren cada día. Su derecho -el derecho de cada niño
a seguridad y amor- les ha sido robado y nunca será devuelto. No hay nada para
justificar o explicar esta tragedia. Pero hay que hacer algo. Así que mi pregunta
es, ¿cómo puedo ayudarles? ¿Qué puedo hacer para mis hermanitos
y hermanitas -para todos alrededor del mundo, ¡Claro, usted quizás en
este momento piense y diga! ¡Pero esto no es en Argentina!, es verdad, no es
en nuestro país, pero..., bueno aquí no hemos tenido un tsunami, pero
hay, hay chicos en la calle, hay gente que come basura, hay violencia, corrupción,
piquetes, huelgas, por sobre todas las cosas "hay hambre", un hambre que
día tras días crece y crece, ¡entonces que, no tuvimos un tsunami,
pero estamos iguales!, quiera Dios nuestro Señor darnos la oportunidad de empezar
a mirar nuestra humanidad de una forma distinta, donde el amor que es lo único
que nos hace iguales empiece a hacerse carne en la vida de cada uno de los ciudadanos
de nuestro país. Sí así lo hacemos tendremos asegurado "Un
mundo mejor", que el Señor nos ayude y hasta la próxima.-
(*) Apóstol
- Rector del Centro de Estudios Teológicos y Humanísticos
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