Lunes 22 de Agosto de 2005  
Edición número 26 - Año 1
   
Reflexiones Pastorales

Mis hermanitos y hermanitas
Una carta de un adolescente estadounidense en Tailandia

por el Rev. Dr. Rubén Orlando Contreras (*)

Tengo un hermanito tailandés llamado Wan. Cuando camino al océano los sábados y domingos, paso por su casa. Me espera y corre a juntarse, caminando descalzo sobre los pedazos de vidrio y las espinas hasta la orilla. Buscamos caracoles, tratando de encontrar los más perfectos, perseguimos los cangrejos y construimos castillos de arena. Nadamos en el agua linda del Mar Andamán y tratamos de mantenernos con las manos unidas cuando las olas quieren separarnos. Wan tiene solo diez años. Durante la semana, cuando regreso de enseñar en la escuela, mi hermanita birmana me espera con un abrazo. No sé como se llama (no quiere decírmelo - no sé por qué) pero pienso que tiene nueve años. Algunos días quiere pintar y poner los dibujos en mi pared. Otros días quiere aprender inglés, y una vez hizo brazaletes igualitos para nosotros dos. Y todos los días -no importa el calor o la lluvia- quiere que la empuje en los columpios.

Sah tiene trece años. A menudo pasa la noche en mi cuarto cuando la dejan sola en la casa. Al lado de nosotros viven Fie, de once años, y su hermano mayor Bee. Vienen casi todas las noches a nuestra casa, como lo hacen Bam, Boy, Boa, y unos otros. Todos estos niños, birmanos y tailandeses, son mis hermanitos y hermanitas. Como su hermana mayor, quiero lo mejor para ellos. Quiero que saquen buenas notas en la escuela, que tengan familias felices que los amen. Quiero que su niñez sea una fuerte base para su futuro. Sin embargo, Wan, mi amigo que persigue los cangrejos, no tiene un hogar seguro. Su casa fue destrozada por el tsunami. Desde entonces una compañía minera ha reclamado la tierra, aunque sus padres y vecinos han comenzado el proceso de reconstrucción. Ahora hay una controversia enorme que se ha ido hasta las cortes. Para Wan el futuro no es seguro.

Mi hermanita de Birmania no saca buenas notas en la escuela porque no la permiten ir a la escuela. Es la hija de uno de miles de inmigrantes birmanos que tratan de ganar en Tailandia lo que no pueden en Birmania. En unos años probablemente se unirá con sus padres en hacer construcción. Comenzará al amanecer y trabajará hasta tarde por la noche, construyendo por un país que no es suyo. Sah no tiene ninguna familia que la ama. Su madre vive en Phuket, no conoce a su padre, y el tsunami mató a sus hermanos mayores y a su abuelo. La madre de Fie fue asesinada. Ella y Bee viven con su padre, un pescador que raras veces está en casa. La madre de Bam tenía quince años cuando lo tuvo. Dejó a su bebé en manos de su abuela. ¿Y Boy? ¿Y Boa? ¿Y los demás?

Veo el dolor de cada uno -lo que sufren cada día. Su derecho -el derecho de cada niño a seguridad y amor- les ha sido robado y nunca será devuelto. No hay nada para justificar o explicar esta tragedia. Pero hay que hacer algo. Así que mi pregunta es, ¿cómo puedo ayudarles? ¿Qué puedo hacer para mis hermanitos y hermanitas -para todos alrededor del mundo, ¡Claro, usted quizás en este momento piense y diga! ¡Pero esto no es en Argentina!, es verdad, no es en nuestro país, pero..., bueno aquí no hemos tenido un tsunami, pero hay, hay chicos en la calle, hay gente que come basura, hay violencia, corrupción, piquetes, huelgas, por sobre todas las cosas "hay hambre", un hambre que día tras días crece y crece, ¡entonces que, no tuvimos un tsunami, pero estamos iguales!, quiera Dios nuestro Señor darnos la oportunidad de empezar a mirar nuestra humanidad de una forma distinta, donde el amor que es lo único que nos hace iguales empiece a hacerse carne en la vida de cada uno de los ciudadanos de nuestro país. Sí así lo hacemos tendremos asegurado "Un mundo mejor", que el Señor nos ayude y hasta la próxima.-

(*) Apóstol - Rector del Centro de Estudios Teológicos y Humanísticos

 

 

 

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