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por el Rev.
Dr. Rubén Orlando Contreras (*)
En todos los
continentes, en todos los países, ciudades y pueblos, vemos a jóvenes
y ancianos sentados alrededor de mesas de conferencias, mesitas de café, debatiendo
muchas veces sobre los problemas del mundo y procurando de alguna manera hallar una
solución a la difícil situación en que se encuentra en la actualidad
la humanidad. En las comisiones de planificación económica, política
y militar, en las conferencias nacionales e internacional , en los corredores de las
casas de gobierno, en todas partes se habla, se discute, se pesa y se mide, todo para
el mismo fin: hacer frente a los más graves problemas del mundo: En algunos
laboratorios los sabios descubren nuevos remedios para combatir eficazmente a las
más graves enfermedades que asedian al hombre, mientras tanto, en otros laboratorios
otros sabios inventan nuevos medios para destruir al hombre. Y por supuesto que, para
todo ello se busca una solución, pero por lo general lo único que se
encuentra son soluciones a medias, en una palabra, solo medidas preventivas. Esto,
que suena totalmente absurdo, pero que es una situación muy real, una situación
desesperada, un callejón sin salida. Es un esfuerzo de Sísifo, una pendiente
cuesta abajo que termina en lo profundo de un negro cráter; el cráter
que dejan las bombas atómicas ale estallar en la tierra y que, para todo aquel
que piensa es evidente que no hay solución.
Aún los
espíritus científicos más fundamentalistas de nuestros días
y los filósofos humanistas más empedernidos han tenido que reconocer
que llega el momento, en que la ciencia como la filosofía, donde el hombre
se encuentra ante el abismo de su incomprensión, ante la imposibilidad de llevar
adelante su casi perfecta estructura lógica o metafísica, y que ante
la urgente necesidad de elegir: o bien desespera de su condición humana, cuyas
limitaciones hacen parecer absurdas la vida misma; o bien franquea de un salto aquel
abismo para alcanzar la comprensión de lo que halla más allá
de toda ciencia y de toda filosofía.
Kierkegaard, Kafka, los surrealistas, existencialistas cristianos, Albert Camus, sastre
y su escuela, Heidegger, Martín Buber, han sin dudas, representado una y otra
de estas dos sendas irreconciliable. DE ahí que los filósofos del absurdo
y de la angustia hayan tenido en los últimos veinte años una aceptación
tan notable en los círculos intelectuales del mundo occidental
La joven generación
pensadora de los años '20. '30, desengañada por el fracaso del racionalismo
o e la hueca religiosidad de sus padres, se tiró de lleno a la aventura del
absurdo y hasta justificó sus actos por la filosofía de sus representantes
más destacados: por ciertos testigos valiosísimos de la época
que vivimos: La consiguiente angustia del hombre desnudo de todo sentido que trasciende
el limite de su propio cuerpo con resignación aceptada, pero siempre con la
esperanza de que algún día las cosas serán diferente.
¿Habrá
llegado la hora en que se impone la elección a cada hombre, entre la aceptación
de lo absurdo y la afirmación de un sentido trascendente de la vida humana?
Podríamos ilustrar con nombres y citas de filósofos, ensayistas, científicos,
poetas y hasta teólogos, pero nosotros sabemos que todo lo que se ha escrito
y hablado de poco o nada sirve, si sus conclusiones no ha sido llevadas a la práctica
de la vida real. Atestiguando la verdadera y palpable posibilidad de una vida que
comienza con aquel salto del abismo y que se desenvuelve en el clima creado por el
amor, aun dentro del mundo - y muy dentro de él - lleno de odio, lucha y terror.
Esto es posible gracias a la irrupción en las conciencias y en las almas de
nuestro medio de una dimensión - o fuerza - espiritual que posee su origen
en planos donde rigen otras dimensiones que las que nosotros conocemos.
¿Podemos
afirmar todavía, a la luz de todo lo que se ha dicho, que "todos aquellos
que piensan, es evidente, que no hay solución?
Nosotros respondemos:
¡No!, porque creemos que sí, hay, existe una solución definitiva,
cierta y segura. Que ella no es nueva, que data de dos mil años atrás:
la vida en comunidad. Comunidad voluntaria y total (no comunismo impuesto) de bienes,
de trabajo, de la mesa, de la educación, de todos los bienes materiales y espirituales
con que el hombre pueda contar. He aquí la solución. Y lo es, porque
se basa en los principios fundamentales e inamovibles de la vida: amor, paz, trabajo,
hermandad. Y este es el testimonio: Vivir en el amor que es fuerza creadora de paz
y hermandad. ¡Ha...! Y no olvidemos el elemento humano: en lo más profundo
de nuestra conciencia nos sabemos débiles, egoístas, ambiciosos; nos
sabemos victimas de ilusiones que llamamos ideales, y de una voluntad humana que llamamos
libre. Otras tantas cadenas que en verdad hacen de nosotros prisioneros, y si de algo
queremos librarnos es precisamente de todo esto. Y por medio de aquel salto realizado
por una voluntad libremente decidida hemos roto las cadenas una vez por todas: ahora,
sí somos libres, libres para amar al prójimo, libres para una firme
actitud de paz en un mundo guerrero, libre para compartirlo todo con todos, solo asó
podremos realmente vivir: En un Mundo Mejor. Hasta la próxima.
* Apóstol - Rector del Centro de Estudios Teológicos y Humanísticos
Médico Psiquiatra
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